Relaciones en la familia^^

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Relaciones en la familia^^

Mensaje por Invitado el Mar Jun 22, 2010 4:51 pm

Todas las ciencias que se ocupan del estudio de la conducta humana recalcan la importancia de las circunstancias familiares para la formación de la personalidad.


Todas las ciencias que se ocupan del estudio de la conducta humana recalcan la importancia de las circunstancias familiares para la formación de la personalidad. Hay autores que afirman que 75% de la personalidad de cada individuo se forja antes de haber cumplido los ocho años.
Interaccion familiar
Las relaciones en la familia tienen características únicas: son íntimas, continuas, variadas y complejas; se dan en situaciones de trato directo y son complementarias.
La interacción se desarrolla en tres niveles:
1. No verbal.
2. Emocional.
3. Intelectual o verbal.

  1. La interacción no verbal se llama también sensorial o gestual. Incluye el tono de la voz, la expresión del rostro, la proximidad física entre dos personas, etc. Parece que este nivel es el de mayor influencia en los primeros años, tanto por la asiduidad del nexo emocional entre padres e hijos como por la falta de recursos lingüísticos del bebé.
  2. El segundo nivel, la interacción emocional, reclama la intervención del sentimiento: amor o desamor, aceptación o rechazo. Todos sabemos que un niño intuye con asombrosa agudeza cuando es amado o cuando no lo es, y también conocemos los efectos de apertura, seguridad básica, confianza, autoestima, etc., que ello produce en él. El amor engendra amor y el odio engendra odio. En todo caso, la indiferencia produce retrase en el desarrollo, cuando no regresión, tal como lo demuestra la conocida experiencia de Spitz en algunos casos de hospitalismo, en los que los niños bien atendidos desde el punto de vista físico enfermaban e incluso morían por falta de manifestaciones de cariño.
  3. Por último, el nivel intelectual se refiere a la expresión verbal o racional de sentimientos, ideas, juicios o valoraciones. Este nivel no es sólo el que aparece más tardíamente, sino que se sustenta en los otros dos. Si existe una relación afectiva aceptante y aceptada, entonces la información verbal será objeto de mayor aceptación; en caso contrario será tanto más rechazada. Múltiples estudios han confirmado la influencia de los elementos emocionales en el desarrollo del lenguaje.

Cómo influye la interacción familiar en la formación de la personalidad infantil
En la base de toda necesidad humana yace una condición fundamental: el sentimiento de seguridad. La seguridad da confianza y ésta otorga audacia para aprender.
Existe la seguridad física, que consiste en saberse protegido contra todo ataque externo y en tener satisfechas las necesidades elementales (comida, casa, vestido, calor, etc.), y existe la seguridad psicológica, que es la que se produce cuando el niño se desarrolla en un ámbito familiar estable (de padres bien avenidos). La seguridad afectiva básica la experimenta el niño que se sabe querido por ser quien él es, es decir, que se sabe aceptado. De la certeza de ser amado se derivan la autoestima y la confianza en sí mismo, que resultan fundamentales para que el niño muestre disposición a relacionarse y a dar todo lo que pueda a los demás. En otras palabras, la seguridad básica establece los fundamentos de una personalidad sana. Dar, cuando se hace con la naturalidad que se desprende de saberse querido, significa para el niño el primer paso hacia su actuación social. Es un dar que lo estimula para esforzarse por aceptar las reglas del juego que se le imponen (como la higiene personal, por ejemplo), y que le permite superar la fase egocéntrica de los primeros años para acceder a la fase de convivencia.
Este paso del recibir al dar conduce más lejos de lo que pudiera hacerla la mera relación entre dos personas, ya que incluye también el vínculo entre una persona más débil (el niño) y otra más fuerte (el padre) y que es símbolo de autoridad. Así, según sea la actitud del niño hacia su padre, será la actitud del individuo hacia la autoridad.
En virtud de la influencia de la familia se desarrollan los siguientes aspectos:
1. El lenguaje.
2. Los hábitos.
El lenguaje es una herramienta simbólica que permite la comunicación. En el niño representa la adquisición de recursos que le facilitarán enfrentarse a la vida y a su educación escolar.
Los hábitos se forman por medio de la repetición de ciertos actos y se manifiestan en la facilidad para obrar siempre en el mismo sentido, así como en la satisfacción que se experimenta tanto en la conducta externa como en la actitud interna (racional y afectiva).
La convivencia familiar favorece la creación de hábitos. Primero se trata de fomentar los hábitos externos de disciplina, orden, sinceridad, higiene, etc. Más tarde, a partir de la adolescencia, se formarán los hábitos internos a partir de ciertas convicciones que el hijo aceptará, no sin antes haber reflexionado sobre ellas por su cuenta.
¿Qué tanto permanece de estos hábitos adquiridos durante la infancia cuando el sujeto alcanza la edad adulta? Más de lo que el propio individuo puede suponer.
Diversas formas de interacción familiar
Aquí se analizarán las relaciones entre los cónyuges, las relaciones entre los padres y los hijos y la relación de los hermanos entre sí.
a) Relaciones conyugales
Cuando se dice que los esposos se llevan bien significa que se comprenden, se aman y viven en armonía su matrimonio. Marido y mujer son completos considerados como individuos y complementarios de la relación matrimonial.
La expresión "media naranja" alude a esa mutua complementariedad, que, lejos de excluir la responsabilidad individual, obliga a orientarla hacia la procura del bien del otro.
Alguien podría preguntar: ¿qué es mejor: ser padre o madre, o esposo o esposa? ¿Cómo combinan ambos papeles sin perder el equilibrio? La respuesta la dará la confluencia, no la incompatibilidad de esas funciones. Así, aunque haya división de tareas, habrá también convergencia de intereses en lo que es común: la familia, los hijos, las amistades, etc.
b) Relaciones entre padres e hijos
Para comenzar recordemos dos ideas:
1. Los hijos obedecen a dos tendencias, a saber: la identificación con la autoridad cuando niños y la autoafirmación cuando adolescentes. Los padres deben estar al tanto de esto y favorecer la progresiva independencia de sus hijos.
2. Los padres pueden hacer que la convivencia con sus hijos resulte educativa siguiendo dos caminos: por una parte, la informalidad en la convivencia y, por la otra, la intencionalidad consciente y sistemática de los actos educativos con miras a generar deseos de superación.
Ambos objetivos se alcanzan en mayor o en menor grado según sean las actitudes y los estilos de los padres, así como su modo de llevar las relaciones conyugales.
Los padres ante la paternidad pueden adoptar dos actitudes:
1. Desear o rechazar al hijo.
2. Aceptarlo emotiva y/o responsablemente.
Cabe una aceptación de la paternidad que no implique el deseo propiamente dicho de tener un hijo. La aceptación procede de la voluntad, en tanto que el deseo obedece al sentimiento. El rechazo (que es percibido por los hijos y que puede bloquear su desarrollo) no consiste tanto en no haber sido deseado como en no haber sido aceptado. La gran difusión de que ha sido objeto el tema de los "hijos no deseados" y de sus secuelas emocionales ha llevado a muchos padres a sentirse culpables y preocupados por no desear positivamente al hijo. Pero hay muchas formas de transformar esa ausencia de deseo en un deseo real y en aceptación. Para no ir más lejos, hasta considerar el amor a la vida, que siempre es un don, aún cuando no siempre se considere oportuno engendrarla.
También es posible enfocar preferentemente lo que pueden aportar los hijos en lugar de ensimismarse en las dificultades que puede causar.
Asimismo, es recomendable reflexionar en el hecho de que la mujer ser realiza como tal gracias a la maternidad y a la educación de sus hijos.
Por último, no hay que pensar sólo en términos económicos, sino también humanos: alguien capaz de relacionarse, de pensar y de amar siempre es un tesoro para la familia.
La aceptación dela paternidad y de la personalidad de los hijos son necesarias para su desarrollo individual y social.
Veamos ahora algunas actitudes de los padres ante sus hijos.
Por principio, cuando no se acepta al hijo se genera un clima de tensión que se manifiesta de diversas maneras: exceso de prohibiciones, ansiedad y angustia, temor y desconfianza, sentimientos de culpa encubiertos, sobreprotección y condescendencia o permisivida
c) Relaciones entre hermanos
Entre los hermanos suele presentarse una fuerza de dos vectores:
1. La solidaridad.
2. La rivalidad.
La solidaridad tiene como base la seguridad del nosotros, el hecho de pertenecer a un grupo, en tanto que la rivalidad se fundamenta en las naturales diferencias de edad, sexo y carácter, así como en la distinta atención que se le presta a los hijos. Esta rivalidad puede servir como preparación para ejercer la competitividad a la que el niño habrá de enfrentarse cuando se incorpore a la sociedad.
Veamos cuáles son algunas de las diferencias personales mencionadas:
1. La edad. En los niños cuyas edades no difieren mucho, la amistad es mayor que la rivalidad.
2. El sexo. Las familias tienen ciertas ideas sobre las normas y los comportamientos correspondientes a cada sexo en materia de esfuerzo físico, hábitos domésticos, etc., que pueden generar una polarización de papeles e incluso actitudes negativas, como son la prepotencia, el servilismo, etc. Hay tareas domésticas, por ejemplo en las que pueden participar ambos sexos. Es importante que los varones sean conscientes de que pueden ayudar en esas labores.
3. El rango. El primogénito, por ejemplo, vive experiencias singulares: es hijo único por algún tiempo y luego pasa a ser "príncipe destronado" cuando nace el hermano. Ello le obliga a realizar un esfuerzo de adaptación ante los adultos y ante sí mismo, lo cual lo lleva a adoptar inconscientemente actitudes interesantes o a regresar al estadio infantil para llamar la atención. Pero también se responsabiliza de los hermanos, como si fuese un maestro o el sustituto del padre. El "destronamiento" del hijo mayor representa una ocasión para madurar.
Observar en los demás lo que uno ya ha vivido permite conocer la vida más a fondo y capacita para considerarla con objetividad y comprensión. Por otro lado, los demás esperan que el hijo mayor observe un comportamiento modelo. El reto que significa el hermano responde a que el primogénito se siente atacado por el frente (es propuesto como modelo) y por la retaguardia (es "destronado" por los hermanos menores).
Es entre los hermanos intermedios donde la rivalidad puede alcanzar su mayor grado, ya sea porque se esfuerzan por quedar bien con el mayor, ya sea porque prefieren colocarse en un segundo plano afiliándose al partido de los hermanos menores.
El último hijo, en fin, también atraviesa por experiencias singulares. Cuando nace, los padres ya están cansados, son más tolerante y, por lo mismo, tienden a prolongar la primera infancia del benjamín. En efecto, muchas veces el menor es el consentido. Por otro lado, las influencias culturales que recibe el menor son las más ricas por cuanto la familia ya está completa. Debido a estas dos razones el hijo menor puede optar por superarse o por "dejarse querer".
Los papeles en la familia
Ahí donde cierto número de personas mantienen una relación asidua tiende a imponerse la especialización de los miembros de esa agrupación. Esta función especializada es lo que los sociólogos llaman papel. Cuanto más numerosa es la comunidad, tanto más tienden a especializarse los papeles.
Bossard y Boll clasifican los papeles en ocho categorías que se ordenan según la frecuencia con que se presentan (de mayor a menor):
1. El responsable. Es trabajador, mandón, líder, protector, ordenador, vigilante, etc. (¿el hijo mayor?).
2. El sociable. Es popular y aceptado. Se gana la estima de los demás por su encanto personal más que por el poder (¿el segundo?).
3. El ambicioso. Busca tener éxito fuera de la familia (¿el tercero?, ¿el cuarto?, ¿el quinto?), sobre todo si son de sexo femenino.
4. El estudioso. Es tranquilo, metódico y trabajador. Se gana la estima de los demás por su buen comportamiento.
5. El insociable. Es introvertido, reservado y poco solidario. Suele participar poco en las actividades familiares y organiza su experiencia fuera del hogar.
6. El irresponsable. No se aísla; se limita a rezagarse rehuyendo las responsabilidades que otros aceptan.
7. El enfermizo. Por razones reales o ficticias es objeto de una atención que no reciben los demás.
8. El niño mimado. (¿El último o el penúltimo?).
Estos papeles y su jerarquización reproducen de algún modo el comportamiento social de los hijos. Cuando un papel ya ha sido adoptado por alguno de los hermanos, entonces se busca desempeñar aquel papel que contribuya a ubicarse mejor en el grupo familiar. Esta diversidad de papeles complica tanto como enriquece la dinámica de la familia.

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